Tablado de marionetas para educación de príncipes
Tres farsas que preparan y abren camino al esperpento. Basada en un cuento de niños, La cabeza del dragón (1912) rebasa con mucho la significación de una pieza infantil, porque con la deformación de las formas desustanciadas de los valores tradicionales construye una sátira del poder y denuncia la crueldad de aferrarse a lo puramente ritual y externo. Con la Farsa italiana del enamorado del rey (1920) avanza Valle-Inclán en su tarea de desmitificación que, ya a las puertas del esperpento y en el mismo año, culmina en la Farsa y licencia de la reina castiza. Si la anécdota de esta última se centra en la corte isabelina, su intención rebasa el inmediato marco histórico y, gracias a un lenguaje liberado hacia la mayor expresividad (mi musa moderna / enarca la perna / se cimbrea, se ondula...) se constituye en un documento válido para nuestros días.

